jueves, 21 de septiembre de 2017

MABON: Equinoccio de Otoño




Estimados Liponautas

Hoy le hacemos llegar esta entrada de nuestra amiga Graciela Bonnet donde comparte su saber sobre las festividades antiguas. Graciela nos ha prometido que poco a poco escribira una entrada dedicada a cada festividad celtas. Este septiembre le toca a Mabon

Ustedes recordaran que ya tocado en este blog otras dos festividades como  Ostara en el Equinoccio de primavera: 21 de marzo LITHA: SOLSTICIO DE VERANO y YULE, LA NAVIDAD PAGANA.

Deseamos disfruten del evento, de la entrada y Feliz Mabon


Richard Montenegro

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Mabon es la festividad pagana del equinoccio de otoño. Es la segunda fiesta de las cosechas. Se celebra en la víspera del 22 de septiembre en el hemisferio norte y del 22 marzo en el hemisferio sur. Esta festividad se llama así por el dios galo que encarna el principio de fertilización. En lenguaje druida Mea’n Fo’mhair significa la segunda cosecha  y en esta oportunidad se honraba al Dios del Bosque en la figura de un hombre-árbol, al que se ofrecían libaciones de sidra y vino, precisamente a través de los árboles.

Este es el momento en que el día y la noche tienen la misma duración. Astrológicamente, el Sol se encuentra ingresando al signo de Libra.

Otros nombres de esta fiesta pagana son Cosecha del Vino y Festival de Avalon.



El símbolo del Mabon es el cuerno de la abundancia o cornucopia.

Esta es una festividad de reconocimiento y adhesión a la pareja compuesta por el Dios y  la Diosa (la semilla y la tierra), dando gracias por las bendiciones que nos han otorgado, de cara a los esfuerzos del pasado y reconociendo los frutos cosechados.

Es una fiesta de alegría, de celebración de la abundancia y la generosidad de la Tierra. Como segunda cosecha, completa la recolección del grano que comenzó en Lughnasadh (primero de agosto, o las bodas de Lug, dios de la mitología celta). La diferencia es que ahora se trata de un momento de equilibrio: las fuerzas de la oscuridad y de la luz se encuentran equidistantes. Es el equinoccio y a partir de ese momento la oscuridad irá ganando terreno hasta llegar su punto de cenit en Yule (solsticio de invierno).



En qué consiste la tradición agrícola del dios de la fertilidad

Consideremos que el dios de la fertilidad, el joven  que tenía su máxima potencia durante Lughnasadh, ha comenzado a dar muestras de debilidad y cansancio, está envejeciendo y pronto morirá cuando llegue el Samhain, el 1° de noviembre. Es el ciclo de la vida. No estamos tristes por esta muerte porque sabemos que es parte del ciclo vital y que este Dios fértil otra vez renacerá al cumplirse otra vuelta de la rueda de la fortuna.  

Mabon es el momento de prepararse para la despedida y de reflexionar sobre el ciclo de la vida (nacimiento, desarrollo, madurez –reproducción- y muerte). La cultura precristiana nos indica que el tiempo no tiene principio ni fin, sino que se engendra a sí mismo en una infinita serie de ciclos.

El mensaje de la fiesta de Mabon es la aceptación de cada parte del ciclo, como pieza necesaria e ineludible para un recomienzo infinito. Este es el fin de algo, pero es también el comienzo de lo mismo.




Es frecuente también el uso de adornos en forma de Cornucopias (cuerno de la abundancia) como símbolo de la abundancia de las cosechas. Los colores de esta fiesta son los hermosos colores del otoño,  rojos, anaranjados, dorados, marrones y violetas, que permiten sintonizar con las energías de este día. Los nombres de las deidades veneradas: Mabon y su madre Modron, Thor, Hermes, Deméter, Perséfone, Hades, Baco… Además de todas las figuras de la Diosa Madre, que en este momento tomará forma de una anciana. El 22 de septiembre, Equinoccio de Otoño, indica el comienzo de un tiempo de serenidad. El joven verano va perdiendo su fuerza muy rápidamente, y las hojas de los árboles se ven doradas. Con estas señales la Naturaleza abre la tregua del reposo y la relajación, del descanso, antes de que comiencen los duros meses de invierno.





Cómo encontramos a Mabon en la mitología griega

En algunos pueblos la madre tierra recibe el nombre de Modron, y esta fiesta lleva su nombre. El mito consiste en que Mabon, hijo de Modron, nace la noche del equinoccio y desaparece tres noches después. Se traza una equivalencia entre el  dolor que siente Modron y el de  la diosa griega Deméter, que sufre un acontecimiento similar ante la desaparición de su hija Kore, que había ido a recoger flores y nunca regresó.



Los lamentos y gemidos de Deméter se escuchan durante días en toda la extensión del universo. Condolido, Helios, el sol, quien todo lo ve, le anuncia que Hades, señor de la noche, raptó a Kore y se la llevó al mundo subterráneo de los muertos para hacerla su reina. Desde aquí Kore ya no es la jovencita que conocimos y  será conocida como Perséfone.

Demeter, la diosa de las cosechas, monta en cólera ante esta afrenta y su venganza es detener la fertilidad de la tierra, los campos se secan, la vida se agota y el verde se convierte en ocre. Lleno de desesperación ante el avance de la muerte, Zeus  propone un acuerdo entre Deméter y Hades en el cual Perséfone pasará la mitad del año sobre la tierra con su madre y la otra mitad como reina d las tinieblas junto a su esposo – lo que significa el origen de las estaciones. Cuando Perséfone está con Hades, la tierra palidece por la tristeza de Deméter, que se expresa en el invierno. Cuando Perséfone regresa a la tierra para alegría de su madre, la vida renace y la tierra se llena de abundancia y de luz.



Mabon es también el comienzo del otoño y marca el momento en que Perséfone vuelve a descender al mundo inferior. El comienzo del otoño marcaba la celebración de los Misterios Eleusinos Mayores.

De acuerdo con la tradición celta, Mabon es el momento en que el Dios de la abundancia se está preparando para morir en Samhain, y regresar al vientre de la Diosa, para luego renacer en Yule. Es el gran viaje de la renovación y el renacimiento. Es el equinoccio de otoño, es la terminación de las cosechas iniciadas en Lughnasadh, otra vez, luz y oscuridad se encuentran en punto equidistantes de la rueda de la fortuna. 

La naturaleza disminuye su generosidad, y se prepara para el invierno y su tiempo de descanso. Los árboles dejan secar a sus hojas y nos invitan a soltar lo viejo y  con el fin del ciclo, concentrarnos en la vejez y la muerte. Hay que recordar que para renacer hay que morir, esto es, dejar caer las hojas que ya cumplieron su ciclo, recogernos a descansar en la tregua, a meditar en el recomienzo de la vida. 



El ritual

Primero nos prepararemos para el ritual de Mabon dando una caminata por el bosque a primera hora de la mañana. Llevaremos una cesta en la que recogeremos las hojas doradas que los árboles hayan soltado. Algunos frutos secos de los pinos y leña también resultarán de utilidad. Ya se regreso, prepararemos una fogata alrededor de la cual caminaremos lanzando al fuego el contenido de la canasta y repitiendo mientras hacemos esto:

La Diosa tira su manto de tierra a su alrededor, 
Mientras tú, gran Dios del sol navegas hacia el Oeste, a las tierras de descanso eterno envuelto en la frescura de la noche. 

Las frutas maduran, las semillas caen, Las horas del día y la noche están equilibradas. 

Vientos fríos soplan desde el Norte gimiente. 

En esta aparente extinción del poder de la naturaleza, 

Bendita Diosa, sé que la vida continúa. 

Porque la primera es imposible sin la segunda cosecha, 

Al igual que la vida es imposible sin la muerte. 

Bendiciones sobre ti, Dios caído mientras viajas 
A las tierras del invierno y a los amorosos brazos de la Diosa.

Se regresa al altar donde se deja la cesta, levantando los brazos diremos: 

Bendita diosa de toda fertilidad, He sembrado y cosechado los frutos de mis acciones, buenas y malas. Dame el valor para sembrar semillas de alegría y amor En el año venidero, desterrando la miseria y el odio. Enséñame los secretos de la existencia sabia sobre este planeta ¡oh luminosa de la noche!

Nos sentaremos a meditar sobre el envejecimiento y la muerte, necesarios para el renacimiento. 

Luego de esto se procede con la comida y bebida. Recordemos que es un acto simbólico de gratitud por el sustento recibido. Habrá música y baile, es una celebración. Debemos agradecer con buen ánimo y pedir que esta abundancia llegue a los que nada tienen.
Una vez terminada la comida y daremos gracias por la ocasión celebrada.

Inciensos: ciprés, sándalo, pino, enebro.

Colores: los del otoño, café, verde, anaranjado, rojo, dorado, marrón, amarillo

Bebidas: Vino tinto.

Hierbas: Avellana, maíz, álamo, bellotas, ramas de roble, hojas de otoño, tallos de trigo, conos de ciprés, piñones, espigas de cosecha, hojas de lavanda.

Comida: el producto de la cosecha, granos, frutas y verduras, especialmente maíz, pan de maíz, tortas de frutas, tés, sopas de vegetales.

Tradiciones: recolectar plantas y vainas secas que pueden ser utilizadas en rituales o para hacer cocimientos y tés con hierbas. Una actividad tradicional de esta época es la confección de las muñequitas de maíz y bolsas de hierbas secas perfumadas.  Estas luego se ofrecen como regalo.



 Investigación y recopilación: Graciela Bonnet

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Graciela Bonnet


 Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías. Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.




 Y su blog es: Graciela Bonnet Vertiente Recíproca


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Richard Montenegro. Perteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azultambién fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Po: http://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatospublicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 y en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica editado por el Portal Ficción CientíficaSus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario NotitardeEl VenezolanoDiario de Guayana; en las revistas electrónicas hispanas Alfa EridianiValinor y GibralfaroRevista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Libros que cambiaron mi vida. Parte III: De Cosecha Roja, pasando por El señor de los Anillos a LOS MITOS DE CTHULHU.




Y llegamos al ecuador de estos libros cautivadores y evocadores que conformaronn opinión y gustos a toda una generación. Armando se nos va haciendo mayor y llega a bachillerato. En esta entrega se tratan obras de cuatro géneros distintos pero hermanados.

Como si de la adolescencia se tratara, siempre a la búsqueda de la propia personalidad, los análisis de las obras señaladas se convierte en puro dialectismo histórico, el enfrentamiento de dos tesis que aunque acaban con un claro vencedor, este se ha impregnado de la esencia del derrotado. Así, Armando reconoce que el aristocrático género de detectives británicos del XIX no lo cautivó, como si lo hizo Hammett y su hard boiled: Cosecha Roja. El policiaco de los proletarios mezclado con lumpen social. Un mundo más cercano para un quinceañero en los primeros años de la década de los ochentas, en un Sabadell integrado en el gran cinturón industrial de Barcelona. Años de rock (la movida fue un invento madrileño) y diversión, pero con la pesadilla de la heroína y sus consecuencias en los callejones de los suburbios. Los acomodados salones de la aristocracia británica que frecuentaban Sherlock y Poirot quedan muy lejos de la capital del Vallès Occidental.

Y le toca el turno a El señor de los anillos esa obra que ningunea a toda la fantasía escrita previa y posteriormente a ella.  Premonitoriamente Armando conoció la obra por la película de animación de Ralph Bakshi de 1978, una antesala perfecta para la trilogía de Tolkien, ante la cual todos caímos a sus pies. En los primeros ochentas se comienza a gestar el mortal enfrentamiento que aún hoy día perdura, pero cuyo ganador es evidente. El cine y la literatura se llevan enfrentando décadas y es ahora cuando se percibe quien va a ser el ganador. Los jóvenes no leen, fin de la discusión. La necesidad de que nos cuenten historias no morirá, pero si ha ido cambiando el formato en que nos las han ido contando. La literatura está muriendo, viva las series de Neflix y HBO.

Pero volvamos atrás no todo está contando, en los inicios de la ciencia ficción europea dos colosos se enfrentan: Jules Verne y Herbert G. Wells. No desvelaré las razones que da Armando para la victoria del segundo y citar La guerra de los Mundos como obra señera de este épico enfrentamiento. Siento predilección por el autor inglés y sus El hombre invisible, La máquina del tiempo, Los primeros hombres en la Luna… pero no es el momento de hablar de eso.

Y la última gran batalla de hoy, el terror clásico: Drácula, La momia… frente al terror primigenio de Philip H. Lovecraft. Es una batalla tramposa pues el escritor de Providence se nutrió de estos mitos clásicos para destilar sus creaciones. Más que batalla es una carrera de relevos, donde Cthulhu recoge de sus manos el testigo de aterrarnos. Armando cita un mítico libro de Alianza Editorial como el mejor vehículo para conocer a las obras de Lovecraft: Los mitos de Cthulhu recopilados por Rafael Llopis, Boix da las razones en su texto, no las voy a adelantar yo.

Les emplazo a la cuarta entrega de los libros que nos cambiaron la vida.

by PacoMan
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LIBROS QUE CAMBIARON MI VIDA (9-12)



Armando BOIX

Cosecha Roja.

No fui seguidor demasiado atento a Sherlock Holmes en mis primeros años, una equivocación que resolvería más tarde; mi principal referente, por lo que atañe a la novela criminal, era Agatha Christie. Las historias policíacas, por tanto, significaban para mí villas en la Inglaterra rural, tés a media tarde, partidas de críquet y, en ese escenario idílico, un asesino sofisticado que jugaba con la inteligencia del investigador con falsas pistas y testimonios contradictorios. Al final todo se resolvía de forma bastante civilizada, los sospechosos reunidos en un salón, mientras el arrogante detective iba desgranando sus conclusiones. Generalmente los culpables ni oponían resistencia al ser detenidos. La novela detectivesca clásica era, pues, un juego intelectual donde el autor honesto debía dejar a la vista del lector todas las evidencias, de modo que, si era lo suficientemente sagaz, pudiera llegar por sí mismo a un veredicto. Ese carácter de acertijo, que agota el interés de la novela en una única lectura, solía aburrirme bastante y no creo que fueran más de tres o cuatro las novelas que llegué a leer de la señora Christie en mis años de adolescencia temprana.

Pero una tarde, husmeando en los anaqueles de la biblioteca, encontré un libro por cuya cubierta chorreaba la sangre: “COSECHA ROJA”, de Dashiell Hammett, en la edición de Alianza Editorial. Aquello parecía tener un carácter más crudo que los asesinatos cometidos con cianuro, cerbatanas chinas o la espina de un pez tropical. Me lo llevé a casa. Lo devoré.



En su juventud, Hammett había sido vigilante del ferrocarril, detective privado, rompehuelgas, y todo lo que había visto, lo que sus patronos le habían obligado a hacer, habían asentado unas solidas convicciones de hombre de izquierdas, que acabarían llevándole a la cárcel durante la caza de brujas del macartismo. Cuando se puso a escribir relatos criminales para las revistas “pulp” su percepción del mundo no le permitía imaginar superhombres de la deducción como Sherlock Holmes, Philo Vance o Lord Peter Wimsey. Hammett nos habla de lo que de verdad ocurre en las calles y en la trastienda del poder, nos describe truhanes capaces de acuchillar por unas pocas monedas, estafadores de poca monta, contrabandistas de licor, policías y políticos corruptos. Sus personajes son gente ruda atrapados en una rueda para picar carne. No hay lugar para sutilezas. Del mismo modo, su prosa se desnuda de artificios, adopta el tono coloquial o la jerga del suburbio. Con él nacería lo que nosotros llamamos “novela negra”, por influencia francesa, y los norteamericanos “hard boiled”.

Mis lecturas posteriores del género se verían condicionadas por ese descubrimiento. Siempre he preferido, en la novela criminal, a Chandler, Thompson, Cain, McCoy y Westlake o, en las letras españolas, a Vázquez Montalbán, Andreu Martín y Juan Madrid que los artificiosos enigmas de la Edad de Oro británica. El detective clásico tiene su encanto, que duda cabe; pero es con los  perdedores y buscavidas, con el criminal desesperado o el investigador de despacho roñoso, botella en el archivador y una rubia despampanante entrando por la puerta con quien más puedo sentirme identificado… Bueno, por mi puerta no entrar demasiadas mujeres fatales, lo admito; pero mugre, botellas casi vacías y papel amarillento sobran en mi despacho.



El Señor de los Anillos

No pocas veces nos rasgamos las vestiduras con los despropósitos que comete el cine al adaptar nuestras novelas favoritas; en cambio, apenas concedemos valor al enorme poder publicitario de esas mismas adaptaciones, pues las da a conocer a un público hasta ese momento indiferente, generando un interés nuevo y multiplicando el número de lectores.

A mí me ocurrió con “EL SEÑOR DE LOS ANILLOS”. Nunca había oído mencionar esa novela; pero cierta tarde, en un programa de televisión, pasaron una escena de la película de animación de Ralph Bakshi sobre la obra de Tolkien, próxima a estrenarse. Correspondía al momento en el que los Jinetes Negros intentan cruzar el paso de Rivendel y una riada, con el agua tomando la forma de caballos desbocados, los arrastra para salvar a los protagonistas. Mis ojos de trece años se abrieron como platos. Un mundo fantástico de aires medievales, criaturas de aterradora presencia, magia… No podía perderme aquello.

Asistí a su estreno. Casi todos los largometrajes de animación vistos a lo largo de mi vida procedían de Disney; la película de Bakshi nada tenía que ver con semejantes productos. Para empezar, el tono era adulto, con personajes en principio positivos que se corrompían, violencia gráfica en la representación de los combates y una trama que, aunque partía del tópico enfrentamiento entre el bien y el mal, contenía claroscuros y se desarrollaba de forma compleja, en un universo imaginario de gran riqueza y coherencia. Aunque no fuera más fuerte que mi admiración, me contrarió que la historia no tuviera un final y este fuera pospuesto para una segunda parte jamás producida.

Deseaba, por encima de cualquier otra cosa, leer la novela, saber más sobre ese mundo fascinante, conocer el destino final de la misión y de sus sufridos depositarios. Desde el escaparate de una librería, los tres volúmenes me llamaban con una fuerza semejante a la del anillo sobre Gollum. Pero aquel tesoro era demasiado caro para mi bolsillo y no estaba presente en las bibliotecas locales. Reunir, moneda a moneda, el importe total fue uno de los suplicios más largos y dolorosos con los que me he enfrentado. Tardé muchos meses en conseguirlo. A finales de abril (de pocos cosas conseguiría dar detalles tan concretos, una prueba de mi obsesión) crucé las puertas de la librería y pude decir al dependiente que sacara “El Señor de los Anillos” de una vez por todas del aparador, que me lo llevaba.


Mi viaje por sus páginas fue una experiencia tan viva como si yo mismo hubiera acompañado a Frodo y al resto de sus compañeros cruzando la Tierra Media. Al salir de clase, y una vez acabados los deberes, me ponía a leerlo. Al acostarme me refugiaba bajo las sábanas con una linterna para que mi madre no me llamara la atención por estar despierto a horas tan tardías. Los exámenes finales me obligaron a interrumpir la aventura. Casi estaba más molesto por aquella pausa en mi lectura que por la obligación misma de estudiar. Finalicé las pruebas finales con éxito. Me recuerdo, como si hubiera ocurrido la semana pasada, tumbado en el balcón de casa, con el sol del incipiente verano calentado mi piel y disfrutando del tomo final de aquella apasionante odisea que había partido del amable Hobbiton y concluiría en el oscuro Mordor.

“El Señor de los Anillos” es tan conocido que no es necesario entrar en detalles sobre la trama o los méritos creativos de su autor. Se trata de una de las obras más influyentes de la literatura fantástica del siglo XX y su huella puede rastrearse en cientos de imitadores que, por su insistencia en repetir moldes, quizá han acabado por opacar el potente brillo del original. Para Tolkien no fue una obra circunstancial, un interés pasajero o el proyecto de unos pocos años, sino la cristalización del sueño de una vida entera. Por eso es tan difícil que otras novelas de fantasía, aunque lleguen a ser excelentes, la igualen en solidez y ambición. Tolkien no fabulaba empleando las añagazas para componer tramas interesantes que todo escritor con oficio conoce: creaba un mundo auténtico, vivo, que se desarrollaría orgánicamente desde una pequeña semilla hasta convertirse en un árbol con cientos de ramas. Al menos fue vivo para él y para los lectores, si se entregaron por completo, si tuvieron la fortuna de disfrutarlo, como yo, en el último verano de su infancia.



La Guerra de los mundos.

Jules Verne no estuvo entre mis autores predilectos en mi etapa formativa como lector, ya lo he contado antes. De los dos grandes nombres que se disputan la paternidad sobre la ciencia ficción moderna, siempre me procuró más placer el inglés H. G. Wells. Aunque a todo puede encontrarse precedentes, y el mismo Verne se le adelanta en algunas ideas, Wells contiene, cuando no crea por sí mismo, buena parte de los temas canónicos de la literatura prospectiva del siglo XX: el viaje en el tiempo, la invasión alienígena, el viaje espacial, la manipulación genética, la ciencia descontrolada, el gigantismo, las sociedades futuras… Es un narrador impresionista en sus descripciones, fluye como el agua clara, no se embalsa en largas exposiciones de datos por puro afán divulgativo y, en las afortunadas tramas que nos plantea, le preocupan más las consecuencias que el proceso. Si Verne nos trasmite asombro por la exploración, la búsqueda del conocimiento y la superación de obstáculos con nuevos portentos tecnológicos descritos con todo detalle, en Wells la máquina y la justificación científica no persiguen verosimilitud alguna: solo son vehículos para adentrarse en temas a los que nos invita a reflexionar, como es el colonialismo, la lucha de clases, la religión o los límites morales de la investigación.

Jules Verne, para responder a un periodista que le preguntaba por la obra de su colega, respondió: “Él inventa”. ¿Los textos de Wells pierden valor por el uso de una imaginación poco rigurosa, ante su desdén por ofrecer especulaciones certeras y cifras corraborables, en base a los conocimientos de su época? Tal vez ocurre lo contrario. A lo mejor sus historias, que no se pretendían creíbles aunque sí coherentes, lo son mucho más pasado el tiempo, pues no requieren conocer el contexto ni se apoyan en una técnica pronto desfasada, sino en examinar los recovecos de asuntos eternos.

Disfruté por primera vez de Wells gracias a su novela “LA GUERRA DE LOS MUNDOS”, pionera entre cientos de invasiones extraterrestres descritas por la ficción. Sin duda debió causar gran impacto en una sociedad, la británica, que se consideraba una civilización superior y, como tal, con derecho a imponerse sobre otros pueblos mediante el poder de las armas, con miras a expandir el Imperio. Enfrentarse a la posibilidad de convertirse ellos en los sojuzgados les parecería aterrador. Pero, como ocurre siempre con Wells, el mensaje no se impone sobre el interés lúdico de la trama y reposa en un subtexto que incluso puede pasar desapercibido para los lectores. Para muchos de ellos, “La guerra de los mundos” solo ha sido una excelente historia de ciencia ficción, sin reparar en sus aspectos críticos. Ese plano de interpretación primario funciona perfectamente; de lo contrario, la novela caería en eso tan triste para una obra literaria: el panfleto.

Mi ejemplar pertenecía a la colección Todolibro de Bruguera. Se dirigía al público juvenil y me sigue pareciendo modélica al presentar textos sin abreviar, ilustrados y con buenas traducciones, como la de este título, firmada por Ramiro de Maeztu. Su amplitud de miras, al considerar qué podía resultar de interés para el público de menor edad, era admirable. Incluía en su catálogo obras de autores como Kipling, Stevenson, London o Asimov al lado de Henry Miller, Vargas Llosa, Hemingway, Chejov, Dostoyevski, Calvino o Richard Matheson, cuyo “El increible hombre menguante” me causaría no poco efecto. Una reafirmación militante de que una literatura para todos no debe escogerse, necesariamente, entre escritores menores.



LOS MITOS DE CTHULHU.

Los dieciséis es una edad de descubrimientos. Cometes tonterías como empezar a fumar, conoces el sabor del alcohol barato, escuchas en casa de amigos música atronadora a la que empiezas a adivinar sentido y te echas la primera novia, para aprender lo que se siente con el corazón roto.

Los límites de tus lecturas se expanden. Te acercas por primera vez a los poetas del 27, a Jack Kerouac y a Herman Hesse, cuyo “Siddharta” era una estación de paso casi obligada, y te guardabas mucho de confesar que te había parecido un coñazo toda esa mística oriental. Yo disfrutaría más con Maupassant, cuyos cuentos de miedo estaban disponibles en un par de antologías económicas de Alianza Editorial, con la narrativa breve de Cortázar y Benedetti, con H. G. Wells, Arthur C. Clarke e Isaac Asimov, aunque este último nunca acabó de conquistarme. Un año después empezaría a leer a Stephen King, mucho más atractivo para mí.

Como estudiante de secundaria, la biblioteca de barrio donde me había aficionado a la lectura se había quedado corta, así que empecé a frecuentar otra en el centro de la ciudad con fondos más amplios. Un día, curioseando en los ficheros, me fije en una subsección: «Literatura norteamericana / Terror». Aquello me interesaba, por supuesto.

Uno de los autores más representados en aquel fichero era H. P. Lovecraft. No lo había oído mencionar nunca. Rellené el impreso de solicitud para una novela y un volumen de cuentos: al rato los trajeron al mostrador. Los tomé en préstamo para averiguar de qué demonios trataban… Nunca mejor dicho.

Leí en primer lugar la novela, “El caso de Charles Dexter Ward”, y me impresionó aquella historia sobre nigromancia en la vieja (para los americanos) Nueva Inglaterra, donde gravita la sombra de las persecuciones por brujería. No caía en los tópicos más vulgares del satanismo, y su trama, donde el misterio de la locura y posterior desaparición de su protagonista iba desvelándose poco a poco, integraba elementos capaces de encandilar a cualquier bibliófilo, como el “Necronomicón”, libro maldito del árabe Abdul Alhazred. Seguí con una antología gruesa y muy manoseada, de tipografía diminuta, con un título tan excéntrico como sugerente: “LOS MITOS DE CTHULHU”.

Su efecto fue devastador, como un martillazo en el cráneo que todavía vibra en el fondo de mi imaginación. Había conocido la oscuridad que brota de la mente perturbada o reprimida en Poe, Stevenson y Maupassant; en “Drácula”, aunque la amenaza sea sobrenatural, el miedo nace también de supersticiones muy humanas. Con Lovecraft, en cambio, me enfrentaba por primera vez con un horror de dimensiones cósmicas, ante el cual somos menos que bacterias y que desconoce nuestras construcciones morales sobre el bien y el mal. Una mitología de nuevo cuño sobre entidades que llamamos dioses a falta de palabras en nuestro vocabulario para describirlas, antiguas, atrapadas por poderosos encantamientos; pero aguardando el instante en que se pronuncien las palabras adecuadas, los sellos se rompan y los portales se abran, liberándolas para inaugurar una nueva era de caótico dominio sobre la Tierra.

Rafael Llopis

La antología preparada por Rafael Llopis para Alianza Editorial tenía otro valor: un extenso estudio introductorio, bibliografía y la inclusión de relatos de escritores que influyeron en Lovecraft, que acrecentaron los mitos en vida del creador original y de epígonos que, tras su muerte, siguieron cultivándolos. Esto me situó la obra en su contexto, me permitió apreciarla en su justo valor y me dio a conocer a autores capitales en la historia de la literatura fantástica, como Lord Dunsany, Arthur Machen, Robert W. Chambers y Algernon Blackwood. Mis estrechos horizontes como lector se dilataron. Muy pronto deambularía por siniestros caminos que hasta aquel momento ni había sospechado.

Enlaces Relacionados:
Libros que cambiaron mi vida.Parte I: De Los Cinco al Corsario Negro. 



Libros que cambiaron mi vida: De Drácula a Tarzán. Parte II



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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.
Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.
Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.



Y colabora con el blog de Grupo Li Po


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Armando BOIX (1966). Formado en artes aplicadas, ha desarrollado una carrera profesional como dibujante  técnico  y diseñador, al  tiempo que, desde 1994, empezaba a publicar sus primeros relatos y artículos en fanzines y revistas.Dirigió la revista especializada en cine fantástico Stalker y ha recibido diversos premios literarios, como el Gran Angular de novela juvenil por  El Jardín de los Autómatas  (1997),   el   Pablo  Rido   de   relatos  o   el   Gigamesh   de  ensayo.  

 Sus últimos libros publicados son  la novela  La joven a la que amaban las hadas(2012), la antología  El noveno capítulo y otros relatos (2014) y el volumen contres novelas cortas En calles oscuras (2015).